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martes, 15 de enero de 2013
86 ESCALONES
La primera vez que me enfrenté a ellos era tan joven que creo que hasta tendría acné. Desde luego era más delgada que ahora, y subía de dos en dos, o casi corriendo; no era para menos, porque iba a encontrarme con él.
Los años pasaron por fuera y por dentro. Se sucedieron escenas diferentes, con gran rapidez. Casi, casi, podríamos hacer un anuncio de IKEA con el tema. Esos escalones me vieron bajar llorando, subir en brazos, subir de la mano y medio borracha (o entera, seamos justos y sinceros), subir con mis cosas, pocas, metidas dentro de cajas de cartón.
Y después empecé a bajar regularmente: para ir a trabajar, para pasear al perro, para salir a los bares de abajo a tomarnos algo y "desconectar". Espero que al menos se me permita echar una sonrisita al recordar esa etapa de mi vida; no olvidemos que ya casi no sé lo que es salir de marcha, y que no entiendo muy bien de qué tenía que desconectar exactamente en aquélla época.
Pero yo no era muy consciente de que los escalones estaban allí. Estaban, bajaba y subía, y ya está.
Ah, pero, claro, el anuncio termina, o empieza, con una gran barriga de embarazada.
Y ahí empece a ser consciente de todos y cada uno de los escalones; como para no serlo. Los últimos veinte escalones eran un auténtico suplicio, sobre todo en pleno mes de agosto. Pero ya en ese momento empecé a meditar sobre del inconveniente gordo, el que vendría después.
Primero fue el capazo, que pesaba una barbaridad. Los primeros días, con la cicatriz de la cesárea, bastante tenía con ser capaz yo de llegar a la calle y volver a subir. El papá era el que cargaba con el capazo con la peque dentro, mientra las ruedas se quedaban en el cuartito de abajo. Bajar a la enana en brazos o en portabebés me ponía los nervios de punta, así que después de unos cuantos intentos lo tuve que desechar.
Pero luego me tocó a mi subir el capazo, y bajarlo, parando en cada rellano para respirar y juntar fuerzas. Decidí que lo que más envidiaba en este mundo era una casa con ascensor.
Y luego fue el huevito, que pensé que iba a ser un alivio para mí, por eso de que es menos aparatoso...pero, claro, se me olvidaba que la bebé que iba dentro pesaba bastante más que la recién nacida del capazo. Muerta iba por las escaleras mientras mi hija se reía a carcajadas con el meneito, qué mona.
Estaba deseando pasar a la peque a la silla, como los mayores, y olvidarme de pasearla por las escaleras en receptáculos pesadísimos e incómodos. Pero esta parte fue la peor, con diferencia. Porque, !ja!, la niña iba en la silla por la calle, pero lógicamente era incapaz de subir y bajar las escaleras por sí misma, ni siquiera con ayuda. Cargar con un bebé de 9 meses mientras subes 86 ESCALONES, y bajas 86 ESCALONES (ya me voy calentando), hace que tus brazos y piernas sean más fuertes que los del medalla de oro en gimnasia deportiva, especialidad en anillas.
La ventaja que tiene esto de los escalones forzosos es que también es inevitable que los niños aprendan a ser autónomos en las escaleras muy pronto. Casi se podría decir que han crecido en las escaleras (con sudor y lágrimas de por medio, sí)."Venga, subimos hasta allí y luego te cojo: ¡qué mayor!", "¡Fenomenal!", "Agárrate a la pared, ¿ves?, y me das la otra manita", "Vale, tú ganas, si quieres subir gateando no seré yo la que te lo impida".
Cuando llegó ese momento, el de la autonomía de la mayor, me hice fuerte y decidí, de nuevo, ir a la compra con asiduidad. Pero, aunque era cierto que la historia había mejorado mucho, todavía tenía que coger a la peque en brazos muchas veces, por mil motivos diferentes. Y la peque pesaba más, pesaba media tonelada (o eso parecía), y las bolsas cortaban en los brazos mientras subíamos.
Creo que la autonomía casi total de mi hija mayor llegó sobre los dos años y poco. ¿Os imagináis junto con qué llegó? ¡Pues junto con su hermanito pequeño! Y que conste que en esta ocasión me he saltado todo el segundo embarazo, a pesar de que también hubo verano (cierto que menos), y de que las últimas veinte escaleras eran un suplicio exactamente igual que durante el primer embarazo, añadiendo al panorama una niña que todavía a veces quería que la subiera yo en algunos tramos; y los cortes en los brazos, por supuesto, que ya casi empezaba a parecer un poco masoquista, y no me amilanaba con eso de las compras: un poquito más de leña al fuego, para que no decaiga.
Con el chiquitín todo se complicó, lógico, sobre todo en relación a los 86 escalones. La hermanita mayor era autónoma, pero estaba, digamos, un poquito "rara". Lógico también. Para que os hagáis a la idea: hubo un día en el que salí de casa con todo preparado y en el primer rellano me tuve que dar la vuelta, llorando. Lo que no puede ser no puede ser.
Para qué alargarme más. Más de lo mismo muchas veces, multiplicado todo por 86 y dividido entre tres, aunque no a partes iguales.
Hoy llegué arriba cargada de mochilas y, cuando me giré y vi a mis dos sonrientes hijos esperar a que abriera la puerta de nuestra casita de paja, para empezar cuanto antes a crear sueños nuevos, no pude más que devolverles la sonrisa: de nuevo, por fin, no había sido consciente de esos tan queridos escalones.
miércoles, 2 de mayo de 2012
AQUÍ ESTOY YO
Hola a todos, me presento. Soy ...... y, ¿veis?, también sé decir mi nombre. Eso es ser grande.
No soy un bebé, no. Quizás hace unos pocos meses lo era, pero eso quedó atrás. Soy un YO mayúsculo, y un YO nunca puede ser un bebé. No. Porque yo soy independiente, no necesito a nadie. Soy ese personaje del espejo, que lo sé yo; ése de mirada seductora, tan gracioso con los gorritos de los disfraces de Mayor. Y, si os fijáis, sé poner caras (mis horas delante del espejo me ha costado) y vosotros os creéis mis caras; eso también es ser grande.
Sé correr casi tan rápido como Mayor, trepar, subir y bajar escaleras, tirarme por el tobogán. Soy uno más en el parque, y ya nadie dice: "mira ese bebé". Ahora dicen: "mira ese niño". Sí, sí, y yo me hago el interesante.
Aquí estoy, como un Rey, sentado en las piernas de mi Papá. ¿Conocéis a mi Papá? él no es muy hábil para cambiar pañales, pero es absolutamente genial para todo lo demás. Yo voy a ser como él. Así que fijaos en lo guay que es mi Papá, porque así voy a ser yo, ¿ya lo había dicho?
Mi Mamá es la que me está mirando mientras sonríe. He de reconocer que con ella me gusta ser aún un bebé, pero lo hago sobre todo por ella, no os creáis. A Mamá le gusta mimosearme y darme muchos besitos. A los niños grandes como yo también nos gustan a veces esas cosas; pero un ratito sólo, luego tenemos que salir corriendo a ocuparnos de nuestros asuntos.
Mayor es mi hermana. Ésa que está sentada en la mesa dibujando y que parece que no me está mirando (pero sí que me está mirando, que yo lo sé). Es Mayor, y con eso está dicho todo. A ella le gusta que yo ahora sea también un niño. Estoy tremendamente, infinitamente orgullosísimo de jugar a juegos de niños mayores con Mayor. Yo puedo hacer todo lo que ella hace. Si ella se cae al suelo, yo también me caigo; si ella se enfada, yo también me enfado; si ella pinta, yo también pinto. Me gusta estar con Mayor, y eso también es ser grande.
Aquí estoy, sentado en las rodillas de Papá. Y ahora os voy a demostrar una vez más lo grande que soy:
"Galleta". Ale, ya está, Papá me da una de las galletas que hay en la mesa. SOY GRANDE.
En unos días cumpliré 16 meses. Me gusta descubrirme a mí mismo, me gusta ser YO.
sábado, 28 de abril de 2012
YO OS EDUCO
Yo os educo, es mi responsabilidad hacerlo. Más allá de las pequeñas dificultades y preguntas que surgen día tras día, constantemente me cuestiono: ¿hacia dónde dirijo mis intenciones?, ¿cuál es el objetivo final?
No es poca cosa meditar sobre esto. Aunque hoy en día esté rodeada de pañales y cuentos de princesas, sé que el tiempo pasa rápido. Vosotros no sólo sois mis hijos chiquititos, encantadores e insoportables, no. Vosotros sois futuros adultos, iguales, con los que no he tenido, por cuestiones de genética y lógica humana, la suerte de coincidir en el tiempo compartiendo edades similares.
Y esos adultos que son iguales a mí, hoy dependen de mí. Cuidado, que es para no pegar ojo por la preocupación.
La falta de práctica hace que me vaya por las ramas (ay, sí, ¡he echado de menos escribir en el blog!). El tema es, repito: ¿cuál es el objetivo final? Supongo que cada padre tiene un objetivo u objetivos en mente. Yo he decidido plasmar los míos en el blog para organizar mis ideas. Sé que me queda mucho por meditar, y para cuando tenga totalmente claro lo que quiero transmitir a mis hijos, ellos serán ya mayores. Pero no olvidemos que lo interesante siempre es el proceso (si no, ¿por qué las personas de la tercera edad, que han acumulado gran sabiduría, siempre recuerdan como maravillosos los momentos de su juventud cuando eran menos sabios?). Así, pues, ahora mismo se me ocurren estas finalidades:
1.- Hijos, por favor, ante todo sed buenas personas. Sé que suena simplón e incluso vacío, pero para mí eso de ser "buena persona" es la base de todo. Pensad en los demás, no sólo en vosotros mismos; no hagáis daño a nadie intencionadamente; sed amables y sinceros en el trato.
2.- Buscad la felicidad, siempre, aunque parezca que está perdida. Y recordad: la felicidad a veces no está en el camino más vistoso y fácil; a veces cuesta encontrarla porque se oculta en los senderos más insospechados. Es fugaz, pero vale la pena rozarla, aunque sólo sea un segundo.
3.- Intentad desarrollar al máximo vuestras capacidades. No os pido que seáis los mejores en nada, simplemente me gustaría que consiguierais ser una buena versión de vosotros mismos.Y eso, tomando el ejemplo de cualquier persona, ya es mucho.
4.- Sed flexibles, aprended a adaptaros a este mundo tan voluble. No tengáis miedo a innovar, ni en vuestros actos ni en vuestras ideas. Tampoco temáis los cambios. Si la vida os lleva lejos, porque así debe ser, no sufráis al mirar atrás (aunque espero que jamás olvidéis lo que lleváis atrás).
Y hasta aquí he llegado. Hoy estos son mis objetivos, aunque ya os digo que se van transformando con el tiempo. ¿Cuáles son vuestros objetivos como padres? ¡Me interesa mucho saberlo!
Un abrazo a todos los que me estáis leyendo. Gracias por pasar, a pesar de todo, de vez en cuando por esta casita, esperando encontrar humo en la chimenea.
No es poca cosa meditar sobre esto. Aunque hoy en día esté rodeada de pañales y cuentos de princesas, sé que el tiempo pasa rápido. Vosotros no sólo sois mis hijos chiquititos, encantadores e insoportables, no. Vosotros sois futuros adultos, iguales, con los que no he tenido, por cuestiones de genética y lógica humana, la suerte de coincidir en el tiempo compartiendo edades similares.
Y esos adultos que son iguales a mí, hoy dependen de mí. Cuidado, que es para no pegar ojo por la preocupación.
La falta de práctica hace que me vaya por las ramas (ay, sí, ¡he echado de menos escribir en el blog!). El tema es, repito: ¿cuál es el objetivo final? Supongo que cada padre tiene un objetivo u objetivos en mente. Yo he decidido plasmar los míos en el blog para organizar mis ideas. Sé que me queda mucho por meditar, y para cuando tenga totalmente claro lo que quiero transmitir a mis hijos, ellos serán ya mayores. Pero no olvidemos que lo interesante siempre es el proceso (si no, ¿por qué las personas de la tercera edad, que han acumulado gran sabiduría, siempre recuerdan como maravillosos los momentos de su juventud cuando eran menos sabios?). Así, pues, ahora mismo se me ocurren estas finalidades:
1.- Hijos, por favor, ante todo sed buenas personas. Sé que suena simplón e incluso vacío, pero para mí eso de ser "buena persona" es la base de todo. Pensad en los demás, no sólo en vosotros mismos; no hagáis daño a nadie intencionadamente; sed amables y sinceros en el trato.
2.- Buscad la felicidad, siempre, aunque parezca que está perdida. Y recordad: la felicidad a veces no está en el camino más vistoso y fácil; a veces cuesta encontrarla porque se oculta en los senderos más insospechados. Es fugaz, pero vale la pena rozarla, aunque sólo sea un segundo.
3.- Intentad desarrollar al máximo vuestras capacidades. No os pido que seáis los mejores en nada, simplemente me gustaría que consiguierais ser una buena versión de vosotros mismos.Y eso, tomando el ejemplo de cualquier persona, ya es mucho.
4.- Sed flexibles, aprended a adaptaros a este mundo tan voluble. No tengáis miedo a innovar, ni en vuestros actos ni en vuestras ideas. Tampoco temáis los cambios. Si la vida os lleva lejos, porque así debe ser, no sufráis al mirar atrás (aunque espero que jamás olvidéis lo que lleváis atrás).
Y hasta aquí he llegado. Hoy estos son mis objetivos, aunque ya os digo que se van transformando con el tiempo. ¿Cuáles son vuestros objetivos como padres? ¡Me interesa mucho saberlo!
Un abrazo a todos los que me estáis leyendo. Gracias por pasar, a pesar de todo, de vez en cuando por esta casita, esperando encontrar humo en la chimenea.
sábado, 4 de febrero de 2012
NIÑOS MALOS
"Mamá, todos los niños de clase piensan que soy mala"
"¿Por qué dices eso? ¿te lo ha dicho algún niño?
"No, pero ¡¡¡¡¡LO PIENSAN!!!!!"
" Tú no eres mala, cariño"
"Sí, soy mala"
" ¿Por qué lo dices?
"Porque el otro día me solté del trenecito cuando íbamos a clase"
"Por favor, ¡eso es una tontería, hija! Es cierto que no te tienes que separar del trenecito, pero no es algo taaaaaan importante.
"Lo piensan, mamá, lo piensan. Un día tienes que entrar en mi clase y decirles a todos que yo soy buena"
Los niños van aprendiendo los conceptos complejos basándose en la búsqueda de contrarios, de dicotomías que dan sentido general al concepto. Por ejemplo, adquieren el concepto general de cantidad a través de la diferencia entre mucho y poco; el concepto de tamaño a través de grande y pequeño (un tiempo después aparecerá el mediano); el concepto de belleza, más avanzado, a partir de bonito y feo.
Todo es sencillo en sus cabezas chiquitinas. O blanco o negro, o BIEN o MAL. Y, un día, cuando ya empiezan a dominar el lenguaje, nos damos cuenta de que dividen a las personas, animales e, incluso, objetos, en dos grupos: LOS BUENOS Y LOS MALOS. Mi hija, de hecho, tiene clarísimo cuáles son los niños "buenos" de su clase y cuáles son los "malos". Los recita en un listado que tiene aprendido, grabado a fuego. No es imitación, estoy segura de que no ha escuchado a su profesora nada de eso; pero es la simple tendencia natural a la clasificación; y, cuando son pequeños, las clasificaciones son extremistas, les cuesta observar los matices.
A mí me pone de los nervios cuando califica a algún niño como malo, pero es que mi hija llega un pasito más allá: ella es mala, está en el grupo de los malos. "¿Y por qué dices eso, por qué? tú no eres mala".
Me parece grave que tenga ese autoconcepto, y me parece grave que piense que un niño que un día ha cometido un error es un niño MALO. Es algo sobre lo que medito mucho: ¿cómo hacer que en su cabeza sencilla entren los matices y que deje de utilizar esos adjetivos para referirse a otros niños?
Últimamente estoy usando una fórmula: le explico que todos los niños del mundo, todos, absolutamente todos, tienen que mejorar y aprender. Lo que pasa es que unos tienen que mejorar en unas cosas y otros en otras. Por ejemplo, su amiguito Nacho, que es tan inquieto y que siempre incluye en la lista de los "malos", todos los días le da un gran abrazo cuando la ve, y eso a ella le hace sentirse muy bien ("¿verdad que sí?"); quizás otros niños que aceptan y cumplen mejor las normas de la clase tienen más dificultades para demostrar sus sentimientos, por ejemplo.
Creo que esto lo va asimilando; poco a poco. Entender que entre "bueno" y "malo" hay un mundo de variedades es algo complejo. Pero aún lo es más ponerse en el lugar del otro, comprender que si a mí no me gusta que me digan que soy mala a los demás tampoco les gusta que yo lo diga de ellos. Eso ya es de nivel avanzado.
Así que, como les cuesta tanto imaginarse cómo se siente el "niño malo", los peques tienen una crueldad impresionante, natural, visceral. Los niños pequeños son crueles, sí, y es nuestra responsabilidad enseñarles, ayudarles a aprender. ¡Qué complicado!
miércoles, 25 de enero de 2012
HIJO MAYOR- HIJO PEQUEÑO (2)
Y, sí, ahora soy yo la mamá.
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¿Y cómo llegué a esto?
Primero descubrí que ser mamá ya no era algo tan lejano (¿quién me lo iba a decir hace unos años?), luego decidí que quería serlo, y un día me di cuenta de que lo iba a ser. Y ese día me entró pánico, he de reconocerlo: la responsabilidad se me cayó encima como una losa. No sólo estaba feliz e ilusionada (y mucho), también estaba asustada. No me veía en ese nuevo papel.
Pero nació la peque y me encontré de golpe ahí, yo, la mamá de mi HIJA MAYOR. Nadie piensa cuando se encuentra en esa situación en el adjetivo "mayor" destinado al bebé, pero la realidad es que muchos de los primogénitos acaban siendo los hermanitos mayores, y se forman sus características como tales ya desde el momento en que nacen. Ellos nos enseñan lo que significa ser padres, nos meten en este universo paralelo que jamás nos habíamos imaginado; ellos son los que cambian nuestra medida del tiempo, nuestros horarios, nuestras aficiones, nuestras prioridades; los primeros que nos enseñan la magia de una sonrisa de bebé, nos descubren lo que significa el insomnio, nos maravillan ante cada mínimo avance. Y es que cuando nuestro primogénito dice su primera palabra nos volvemos locos de alegría; ni hablar de cuando da sus primeros pasitos. Es algo nuevo, único y emocionante. Todo esto se vive sólo una vez como "primera vez", y la primera vez es siempre especial, siempre.
Pero no todo son maravillas para el hermanito mayor, porque tiene que cargar con algo muy pesado: la INEXPERIENCIA de los padres. Yo miro hacia atrás, hacia los momentos en los que mi hija mayor era un bebé, y me doy cuenta de que estaba equivocada en la mayoría de las cosas que hacía, porque todavía estaba buscando cómo quería ser yo como madre. Y como todavía buscaba, pues experimentaba; y el objeto de mis experimentos era mi hija. Las respuestas no surgen hasta que no aparecen las PREGUNTAS, y las preguntas nos vienen en infinidad de situaciones: ¿la dejo llorar o no?, ¿la cojo o meneo el cochecito?, ¿me atrevo a salir a su hora de la siesta o no me atrevo?, ¿le quito el chupete ya? Infinitas preguntas ante una experiencia tan compleja como es la de ser padres.Y probablemente no existe la respuesta adecuada, cada familia tiene que buscar la suya. Pero, claro, hay que buscarla, y experimentar, y hacerlo mal, y sentirse frustrado.
Pero llega un día en el que ya estamos seguros, sabemos más o menos cómo actuar ante cada situación conocida. Y pensamos, por ejemplo: "tengo que recordar esto por si tengo otro hijo, porque de esta forma he conseguido que durmiera de maravilla". Ja ja ja.
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Cuando mi HIJO PEQUEÑO estaba en camino, mi primer sentimiento fue el de culpa. Me sentía culpable frente a mi hija, porque no quería quitarle ni uno solo de los mimos que recibía. No es que ella no quisiera compartir con su hermano...¡es que era yo la que no quería compartir mi amor! Es difícil de explicar, pero probablemente la que haya pasado por esa situación puede entenderme (aunque no todo el mundo lo vive así). Y yo que, además, soy la hermana pequeña, me sentía tremendamente culpable, también, con el chiquitín que aún no había nacido. Sabía que tenía que dedicarle exactamente la misma atención que a su hermana, y me esforzaba por hacerlo así desde el embarazo, pero pronto pude comprobar que eso es imposible. No hubo piernas en alto, ni siestas reparadoras, ni imaginación desbordante sobre cómo sería el bebé. No hubo nada de eso, pero hubo otras cosas...como preludio de todo lo que iba a acontecer.
Porque el segundo hijo es "otra cosa". No se disfruta menos, ni se quiere menos, ni sorprende menos. Simplemente es una nueva personita que hace que todo sea diferente. El que quiera revivir emociones se llevará un chasco, porque lo que va a vivir va a ser diferente, como toda persona que acaba de nacer merece. Y es que la experiencia acumulada que hemos recopilado con el primero no sirve de nada o, al menos, de poco. Y los truquillos que utilizábamos para que el mayor durmiera de maravilla no funcionan con el pequeño, y así con casi todo. De todas formas, ya sabemos más o menos el tipo de padres que queremos ser, y eso es un gran avance. Pero, sobre todo, hay algo muy importante que tenemos ganado: la TRANQUILIDAD. Ahorano dudamos de que el chiquitín va a caminar, va a hablar, va a dormir varias horas seguidas, va a crecer, va a dejar de lado las rabietas, etc., etc., etc. Sabemos que sólo es cuestión de tiempo, así que nos lo tomamos todo con más calma. Y aquí llegamos a la conclusión más clara que yo he sacado respecto a este tema: El hermano mayor vive con mucha más presión desde el principio; el hermano pequeño es más libre. Quizás de aquí venga eso que dicen siempre los mayores de que los pequeños son unos mimados. No, yo no lo veo así, simplemente es que los padres no les exigen tanto porque están más tranquilos, más relajados.
Por otro lado, aunque disfrutemos muchísimo de nuestro segundo hijo, y sus logros nos emocionen, es inevitable que nos impresionen un poquito menos que cuando los observamos en el primer hijo. Inevitable. Yo, hermana pequeña de pro, he hecho esfuerzos por hacerlo todo igual...y no lo he logrado. Un día el peque caminaba y todos nos pusimos muy contentos, pero cuando habían pasado tres días me enfadé conmigo misma: "¡¡su hermana tiene veinte vídeos del día en que empezó a caminar, y a él aún no le hemos hecho ninguno!!!". Y así con muchas cosas. Eso sí, fotos le he hecho como para llenar unos cuantos álbumes, jajajaja.
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Respecto al día a día de los hermanitos...¡en otro momento contaré más!
martes, 24 de enero de 2012
HIJO MAYOR- HIJO PEQUEÑO (1)
Yo soy hermana pequeña. Lo digo así, como si estuviera desnudando mi alma en una reunión de alcohólicos anónimos. Muchas veces he sentido que formaba parte de un grupo muy unido, definido y en el que todos sus miembros están de acuerdo en los puntos básicos. Si sois hermanos pequeños entenderéis todo lo que voy a contar:
- Mi hermana tiene 2 álbumes de fotos enteritos de cuando era bebé; yo tengo dos hojas de un álbum que, por supuesto, comparto con mi hermana.
- Todo lo que hacía o estudiaba mi hermana era muy difícil, importante e intocable. Cuando ella estaba en 8º de EGB era un personaje importantísimo; cuando yo estaba en 8º de EGB era la hermana pequeña de una estudiante de universidad.
- Cuando venían sus amigas a casa se encerraban en la habitación (que también era mía), y no me dejaban pasar. Yo lloraba y pataleaba de frustración ante esa puerta cerrada.
- Mi brazo fue un "campo de tomate" miles de veces (¿conocéis ese "juego"?), mi hermana me expicó un día cómo había sido el concurso de tortazos que habían tenido en su clase (sólo años después se me ocurrió pensar que no había existido tal concurso), y me lo explicó haciendo una demostración , tortazo a tortazo, en mi propia cara. Ella disfrutaba, también, asustándome cuando estábamos solas; me ponía el vídeo de Thriller, que me aterraba.
Y podría seguir y seguir...Pero, no me malinterpretéis, yo quiero muchísimo a mi hermana, una cosa no quita la otra.
Y sé que los hermanos mayores también tenéis vuestras vivencias comunes, vuestras quejas, porque las he escuchado muchas veces. Básicamente se resumen en que siempre sois los culpables de todo lo que pasa, que se os echa en cara que sois "un mal ejemplo", que tenéis que "abrir camino", y un montón de cosas más que no tienen ninguna importancia, jajajajaja.
Bueno, y ahora el tema: AHORA LA MADRE SOY YO. Y desde el día en que me descubrí a mí misma diciendo: "Hija, ven aquí un momentito", y escuché la respuesta de mi hija: "¿Qué es lo que he hecho mal?", corroborando el hecho de que mi tonillo es exactamente una reproducción del que utilizaba mi madre cuando me quería regañar por algo...pues, desde ese día, tiemblo por eso que yo llamo: "la reproducción inevitable de la historia".
Y ahora que tengo 2 hijos, una mayor y otro pequeño (obviamente), ¿qué es lo que ha pasado? Es demasiado largo de contar. Mañana continúo :)
Y sé que los hermanos mayores también tenéis vuestras vivencias comunes, vuestras quejas, porque las he escuchado muchas veces. Básicamente se resumen en que siempre sois los culpables de todo lo que pasa, que se os echa en cara que sois "un mal ejemplo", que tenéis que "abrir camino", y un montón de cosas más que no tienen ninguna importancia, jajajajaja.
Bueno, y ahora el tema: AHORA LA MADRE SOY YO. Y desde el día en que me descubrí a mí misma diciendo: "Hija, ven aquí un momentito", y escuché la respuesta de mi hija: "¿Qué es lo que he hecho mal?", corroborando el hecho de que mi tonillo es exactamente una reproducción del que utilizaba mi madre cuando me quería regañar por algo...pues, desde ese día, tiemblo por eso que yo llamo: "la reproducción inevitable de la historia".
Y ahora que tengo 2 hijos, una mayor y otro pequeño (obviamente), ¿qué es lo que ha pasado? Es demasiado largo de contar. Mañana continúo :)
martes, 13 de diciembre de 2011
Y PARECE QUE QUIERE HABLAR
Y parece que quiere hablar:
Se sienta en la cuna y grita: "mamáaaaa".
Señala con el dedo para que le digamos cómo se nombran las cosas.
Quiere repetir lo que oye, aunque sólo consiga decir algo parecido a un gruñido.
De vez en cuando nos parece entenderle algunas palabras, pero no estamos seguros de si son o no imaginaciones nuestras.
Tiene un lenguaje propio y extraño.
Se enfada si no le entendemos...¿y cómo vamos a entender algo?
Y mil signos más que hacen que nos corra un escalofrío por la espalda: ¡¡¡nuestro bebé parece que quiere hablar!!! ¿y ahora qué tengo que hacer?
Lo primero de todo es disfrutar. No hay nada más mágico que el proceso de la adquisición del lenguaje. Desde estos primeros signos hasta el día en que nos descubramos manteniendo una conversación con nuestro hijo/a, el camino es largo.
Mi intención no es dar "trucos" para que nuestros hijos aprendan a hablar con mayor rapidez, pero sí que me gustaría lanzar algunas orientaciones sobre cómo actuar como padres, cómo intervenir, o no intervenir, durante el proceso de adquisición del lenguaje de nuestros hijos. Bueno, en realidad las orientaciones son simplemente dos:
- Habladle siempre con corrección. Un día vais a descubrir a vuestro hijo utilizando vuestras expresiones y muletillas: "mamá, quiero que me des un poco de chocolate, ¿vale?". Es inevitable, y es la prueba más clara que tenemos de que los niños aprenden de nosotros. La principal regla es hablar correctamente, pero veamos por qué fases podemos pasar y cómo aplicar esta regla en las diferentes fases:
- Cuando empiezan a señalar, preguntándonos de esa forma por el nombre de los objetos que estamos viendo, lo más útil es decirles la palabra aislada, ampliando poco a poco la sintaxis. Por ejemplo, mi hijo señala el teléfono y yo le digo: "Teléfono. Teléfono. Es un teléfono. El teléfono". Luego seguimos hablando: "¿Te gusta? ¿llamamos a la abuela?", etc., etc. ¿Por qué hacerlo así? pues porque los bebés todavía no distinguen entre las palabras de una frase; escuchan el todo. Para ayudarles a discriminar, le hacemos esa pequeña introducción de la palabra, como unidad. Luego le ampliamos "un poco" la sintaxis, porque es lo natural en nuestro habla, y es a lo que se tienen que acostumbrar.
Cuidado con separar la palabra en sílabas : "te lé fo no", porque eso no es útil para ellos. Necesitan escuchar el sonido completo de la palabra, y eso sólo se puede conseguir si la pronunciamos sin pausas.
- Cuando ya tienen cierto vocabulario, probablemente al principio se coman algunas letras, algunas sílabas: ¡es lo normal! Cuando nos digan: "fono", les contestaremos, por ejemplo: "¡Ah, que lo que quieres es el teléfono!", y ya está. Él lo dice mal, nosotros lo decimos bien, y ya aprenderá a copiarnos la forma de pronunciar esa palabra. Lo importante es que el uso del lenguaje es el correcto. No debemos hablarles a ellos utilizando su lenguaje incorrecto: "¿queres la pata?"; puede resultarnos gracioso a nosotros y al bebé, pero de esa forma no les estamos dejando avanzar.
- Como hacemos siempre que mantenemos una conversación: adaptemos nuestro lenguaje en función de las características del receptor. No vamos a infantilizar nuestra forma de hablar, pero tampoco está de más utilizar frases cortas y palabras que sabemos que él entiende correctamente. De esta forma le ayudamos a prestar atención, y ya sabemos que la atención es el punto de partido de cualquier aprendizaje. Un bebé al que larguemos una disertación sobre la crisis mundial nos va a responder girando la cabeza y jugando con su juguete preferido. Podemos introducir palabras nuevas, estructuras más complejas, pero siempre poco a poco, tirando sólo un poquito de la cuerda.
- No le corrijáis. El lenguaje es algo que los seres humanos aprendemos de forma natural, espontánea, casi sin querer. Las correcciones, por tanto, tienen que ser imperceptibles para el niño, que debe sentirse libre, y nunca juzgado por su forma de hablar. Un niño de dos años que dice: "este juguete se me ha rompido" es simplemente un niño de lo más normal, que está aprendiendo cómo se conjugan los verbos en nuestro idioma y que aplica las reglas a la perfección. Si nos duele mucho escuchar este tipo de errores podemos decirle: "¡No me digas! ¿se te ha roto ese juguete?". De esta forma él ya ha escuchado la forma correcta, ahí queda. Pero no es aconsejable replicarle: "No se dice rompido, se dice roto", a pesar de que sea algo que hemos escuchado mil veces a los padres.
Puede que de esta última forma el niño aprenda que se dice roto, sí, pero también puede que no lo aprenda; si lo aprende es utilísimo para comentar delante de los amigos lo bien que habla nuestro hijo (no le veo otra utilidad, porque de forma natural también lo iba a terminar aprendiendo), y si no lo aprende lo único que le estamos transmitiendo es que su lenguaje no es válido, que comete errores, que debe ser corregido; y eso limita la frescura y espontaneidad que buscamos en el lenguaje de los niños, que es lo que les va a hacer avanzar y relacionarse con su entorno.
Puede que de esta última forma el niño aprenda que se dice roto, sí, pero también puede que no lo aprenda; si lo aprende es utilísimo para comentar delante de los amigos lo bien que habla nuestro hijo (no le veo otra utilidad, porque de forma natural también lo iba a terminar aprendiendo), y si no lo aprende lo único que le estamos transmitiendo es que su lenguaje no es válido, que comete errores, que debe ser corregido; y eso limita la frescura y espontaneidad que buscamos en el lenguaje de los niños, que es lo que les va a hacer avanzar y relacionarse con su entorno.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
UNA BUENA NOTICIA: MIS VECINOS SE VAN
Mis vecinos son una pareja encantadora con una hija de 10 años. Ella, la mujer, sonríe a todo el mundo por la calle; él pregunta a las señoras mayores si necesitan ayuda para subir las bolsas de la compra. La niña es una preadolescente que invita a sus amiguitas a dormir a casa y a la que le gusta el patinaje. Punto.
Mi hija mayor tuvo cólicos del lactante desde el mes hasta los cuatro meses de vida. Ha tenido etapas de grandes berrinches y rabietas, ha sufrido de terrores nocturnos y, actualmente, tiene unas pesadillas que, cuando me las cuenta, yo me muero de miedo y procuro cruzar rápido el pasillo. Bueno, nada fuera de lo normal, pero juntando todos esos datos podemos decir que a mi hija se la oye, vamos, que ha llorado bastante a lo largo de su corta vida. Esto mismo me comentó un día mi vecina, hará un par de años: "Ay, no sé, me llama la atención oirla llorar taaaaaanto, porque, ¿sabes?, mi hija no ha llorado nunca". En fin, acepto que su hija haya sido de llorar poco, pero no acepto que me diga que no ha llorado nunca: sería marciana.
Cuando me quedé embarazada de nuevo, tuve que escuchar a mi queridísima vecina decirme con su sonrisa más amplia: "Bueno, no te preocupes, que éste SEGURO que es menos llorón que su hermana". De nuevo entro a discernir entre lo que acepto y lo que no: acepto que mi hija es bastante llorona, pero de ningún modo admito que venga esa señora y me lo diga así, directamente, en mi jeta. Quizás es que soy una persona excesivamente susceptible, no digo que no.
Pues la protagonista de esta historia tuvo suerte, y mi hijo resultó ser un bebé dormilón y bastante tranquilo. Pero era un bebé, qué le vamos a hacer, y ese bebé se puso malito cuando tenía un mes: bronquiolitis. Se ahogaba, tenía una tos que más parecía la de un anciano que la de un bebé de un mes, y su respiración era clavadita a la de Dar Vader. Una noche en la que se despertó casi sin poder respirar, papá y mamá le sacamos los mocos (llantos locos) y le dimos Ventolín (grito desgarrador), como buenos padres expertos de hijos bronquiolíticos. Cuando terminamos esta operación, al fin el chiquitín estaba más tranquilo y desechamos la idea de ir a Urgencias corriendo. De pronto empezamos a oir unos chillidos salvajes procedentes del otro lado de la pared. No hacía falta afinar el oído, porque se entendían a la perfección todas las palabras: "¡¡¡¡Esto es una vergüenza!!!!! Esta gente no respeta ni a nada ni a nadie. Si ellos no tienen que trabajar mañana me parece muy bien, pero algunas personas trabajamos y tenemos que dormir. Sus hijos no son normales, deberían contratar un psicólogo personal para que esté en su casa las veinticuatro horas del día" Y así estuvo al menos cinco minutos, sin parar ni un instante.
Con mi hijo bronquiolítico en brazos yo sólo podía llorar y llorar.
Y, sin poder evitarlo, desde ese día cada vez que uno de mis hijos llora se activan todas mis alarmas. El peque se fue a dormir a su cuarto probablemente antes de lo que me hubiera gustado de no haber tenido vecinos impertinentes. Sé que no debería haber afectado en nada a mi conducta lo que esa mujer gritó (y aún grita de vez en cuando) desde el otro lado de mi pared, pero la realidad es que es algo inevitable, superior a mí: me he pasado toda mi vida intentando no molestar a los demás.
Llevo una semana viéndoles sacar cajas de su casa. Ayer les vi sacar muebles. Sé que están alquilados y que probablemente ahora haya mejores ofertas de alquileres por la zona. Todo encaja: ¿realmente se irán? Ayer me crucé con mi vecino, estuve a punto de preguntarle, pero no me atreví, para que no se notara en exceso la grandísima felicidad que esa noticia me produce.
lunes, 21 de noviembre de 2011
DESARROLLO DE LA MOTRICIDAD GRUESA- PRIMER AÑO DE VIDA
Después de tanta "paja" me parece interesante tratar otro tema que nos puede interesar a todos/as: el desarrollo motriz de los bebés, desde que nacen hasta que, aproximadamente, empiezan a caminar por sí solos. No voy a hacer ninguna tesis sobre el tema, porque no estoy capacitada y porque no me parece el lugar adecuado: existen un montón de libros perfectos para informarse científicamente. Sólo me gustaría plantear la reflexión sobre cómo ayudar o estimular a nuestros bebés.
Cuando llegamos a casa con nuestro bebé recién nacido no nos podemos imaginar que algún día vaya a ser un niño que nos hable, que venga corriendo hacia nosotros, que se interese por ciertos temas...¡nos parece de locos! sobre todo si es nuestro primer hijo. Y es que realmente es una locura, el desarrollo de los niños es tan rápido que cuesta creerlo. A las pocas semanas ese bebé que estamos empezando a conocer, nos regala una sonrisa, y la cara se nos llena de lágrimas. Y sólo en unos cuantos meses lo tenemos sentado, luego gateando, dando pasitos, diciendo sus primeras palabras, creciendo a un ritmo impresionante. El primer año de vida quizás es el más impactante en lo que a cambios se refiere, a cambios físicos. El segundo año de vida, con la explosión del lenguaje, me parece, si cabe, más impresionante aún, pero el caso es que ahí ya estamos acostumbrados a los cambios brutales, y nos abruma menos.
Pero durante el primer año nos cuentan tantas versiones diferentes sobre qué hacer con el bebé, cómo estimularle, que nos sentimos perdidos con frecuencia.
1.- En primer lugar, opino que lo más importante es respetar el ritmo de cada niño. Todos sabemos que unos niños empiezan a caminar solos a los 9 meses y otros alargan ese momento hasta el año y medio o incluso más. Las comparaciones son normales y, probablemente, seremos nosotros mismos los que las hagamos. No es malo comparar para comentar, pero hay personas que se agobian en exceso y que sufren, sí, sufren, porque el hijo del vecino ha empezado a gatear y el suyo aún no lo hace. Bueno, pues aconsejo tranquilidad, calma y disfrute. El hecho de que un niño empiece a caminar antes no significa nada, pero nada de nada. No quiere decir que sea más listo, ni que vaya a ser mejor deportista, ni que sus papás hayan sabido estimularle mejor. Simplemente es una cuestión de maduración neuronal. Como curiosidad, os puedo contar que no existe correlación entre la edad en la que un niño se lanza a caminar y su nivel de inteligencia posterior, medida en CI mediante tests de inteligencia. (Ja! y sobre la inteligencia también habría que hablar largo y tendido, porque: ¿qué es la inteligencia? el que me lo pueda explicar bien, bien, se lleva un premio). Así que simplemente debemos acompañar al niño durante el descubrimimento de sus posibilidades motrices y, paralelamente, su descubrimiento del mundo.
2.- Otro apunte. A veces vemos a bebés chiquititos sentados, que se sujetan de pie solitos, o caminando, y oimos a personas que dicen a sus papás: "¡no le fuerces, por favor, no está en edad de hacer eso!". Más allá del hecho de que siempre hay alguien que tiene algo que decir u opinar sobre lo que hacen los demás, sobre todo sobre cómo ejercen de padres, hay que decir que esta frase tiene algo de cierta. Pero sólo algo. Un bebé que se sienta solo, sin que nadie le sujete, está preparado para hacerlo; un bebé que camina solo, lo hace porque ha llegado su momento. Diferente es que nosotros le forcemos a sentarse solo, que nos obsesionemos por que lo haga y lo tengamos en esa postura, rodeado de almohadones, durante horas; o que nos empeñemos en llevar de las manitas caminando durante mucho rato a un bebé que no sabe ponerse solito aún de pie. Hay que saber observar los signos:
- Sentarse: el bebé empieza a incorporar la cabecita cuando está semisentado en la hamaca o en el huevito. Cuando lo sostenemos en brazos le gusta estar incorporado, como sentadito. Quizás entonces ha llegado el momento de sentarlo apoyado en una superficie firme, y no alta, con un almohadón detrás, pero nunca durante demasiado tiempo. Poco a poco él solo se irá despegando del almohadón, y un día nos dará la gran sorpresa de que si le dejamos sentado se queda solito durante mucho tiempo. Si sólo aguanta unos segundos podemos ponerlo sentado, pero cuando se haya caído (normalmente de lado o hacia delante) un par de veces, lo cogemos y no le volvemos a poner en esa posición durante un largo periodo de tiempo. Un bebé que tiene su columna preparada para sujetar su peso podrá estar durante media hora sentado sin caerse. ¡Y esto sucede de un día para otro! ¿es o no magia?
- Estar de pie. Hay bebés que pueden sujetar su peso de pie, agarrados de la mano de sus papás, cuando son muy chiquititos. Pueden hacerlo, sí, pero no lo hacen solos. Así que, de nuevo, hay que decir que si no lo hacen solos es porque su columna no está preparada para sujetar ese peso. No pasa nada por que esté así unos minutos al día, tampoco hay que ser tan estrictos, pero no conviene forzar esa postura. Normalmente se ponen de pie por primera vez agarrándose de los barrotes de la cuna, o irguiéndose con las manos apoyadas en un taburete. Cuando eso pasa el bebé ya está preparado. Por fín podemos destrozarnos los riñones cogiéndole de las dos manos y, quizás, aprenda a dar sus primeros pasitos. También puede ser que esos primeros pasos los dé empujando una silla o rodeando una mesa. Y ahora viene la eterna duda: ¿andador o no? Personalmente no estoy a favor de utilizar andadores. Mucha gente dice, para defenderlos, que de esta forma aprenden a caminar antes (¿qué prisa tienes?). La principal razón por la que no defiendo el andador la daré más adelante.
- Gatear. Gatear significa independencia, para los papás y para el bebé, significa descubrir el mundo y, sobre todo, significa coordinación. Es muy complicado coordinar manos y pies para desplazarse gateando, así que el gateo lleva consigo una gran estimulación neuronal para los bebés. No todos los bebés gatean, y tampoco hay que preocuparse por ello. Algunos pasan directamente a caminar, otros reptan o se desplazan sentados. Cada niño tiene su estilo motor, y hay que respetarlo. Pero tampoco llevemos las cosas al extremo aqui: he escuchado a padres que prefieren que sus hijos no gateen porque así "empezarán a caminar antes". De nuevo digo: ¿qué prisa tienes?
- Caminar. ¿Cuándo decimos que un bebé camina solo? ¿cuando da sus primeros pasos suelto o cuando está todo el tiempo caminando a su aire? Yo diría que un bebé camina cuando sabe hacerlo, es decir, cuando empieza a dar sus primeros pasos suelto. Otra cosa es que le tenga miedo y no quiera soltarse de la mano de un adulto, o que aún sabiendo andar, prefiera todavía ir muchas veces a los sitios gateando. Pero su cuerpo tiene el equilibrio, la estabilidad y la coordinación suficiente para andar. Muchos padres, como ya he expuesto :), tienen prisa por ver caminar a sus hijos, y se preguntan qué hacer para estimularlos y que lo hagan cuanto antes. Hay que dar la razón a esos padres en que, desde luego, ver a un hijo soltarse y andar por sí mismo es uno de los acontecimimentos más emocionantes que podemos vivir. A veces somos nosotros con nuestras ansias los que retrasamos ese momento. Si les forzamos e hiperestimulamos antes de tiempo es probable que se lleven alguna caída desagradable que haga que les entre miedo. Probablemente un día nos sorprendan dando dos o tres pasitos solos, mientras nosotros nos quedamos con cara de incredulidad, y ahí es cuando podemos empezar a "jugar" con ellos y hacer que se vayan soltando sin que se den casi cuenta. El típico pasar de los brazos de papá a los de mamá o darle a la abuelita la flor...cosas sencillas sin que se nos vea demasiado "el plumero" de que lo único que queremos es verles andar.
3.- Propongo que veamos a los bebés como pequeños conquistadores. Durante los primeros meses se relacionan con el mundo desde la cuna, desde la hamaca o desde los brazos de sus padres; sus experiencias son muy ricas: mamá me coge, papá me da un beso, me limpian el culete y me quedo a gusto, me dan de comer y tengo la barriguita caliente, etc. Todo esto es importantísimo para su desarrollo, pero imaginaros el gran cambio que da un bebé cuando pasa de estar así a poder moverse y ver más allá. Me río de Colón cuando vio América por primera vez: ¡eso no es nada comparado con el mundo que se abre a las puertas de un bebé! Y sus neuronitas empiezan a hacer sinapsis como locas, con todo lo que va descubriendo. Así que la estimulación debe tener como objetivo crear el mayor número de experiencias ricas y novedosas; no es que queramos que el bebé gatee a los 5 meses, es que queremos que a los 5 meses tenga unas experiencias adecuadas y acordes con sus patrones de desarrollo propios: debemos aprovechar la plasticidad increible que tiene el sistema nervioso de los bebés. ¿Y cómo conseguir esa estimulación adecuada? Desde el punto de vista motor yo creo que las claves son:
- Liberar el suelo, como espacio base de los descubrimimentos de nuestro pequeño explorador. Desde que empieza a sentarse solito le podemos dejar en el suelo, rodeado de juguetes, y ahí es donde mejor está a partir de ese momento, con el entorno libre de peligros y con la adecuada supervisión, obviamente. Aprovechemos las diferentes superficies para transmitirle diferentes sensaciones táctiles: el césped, el calorcito del parqué, el frío de la cerámica, etc. Los suelos especiales para bebés por supuesto que están muy bien, pero no les limitemos las experiencias. En el suelo es donde los bebés aprenderán a manejarse y se harán cada vez más independientes, al tiempo que medirán sus fuerzas y aprenderán, por ejemplo, a caerse sin hacerse daño. Y aqui es donde explico por qué no estoy a favor de los andadores; bueno, casi que no lo explico, porque creo que mi punto de vista está bastante claro :)
- Darles autonomía. Bueno, toda la autonomía que puede tener un bebé de meses; aunque, os aseguro, ya es bastante. Es fundamental jugar con ellos, pero también es imprescindibles dejarles experimentar a su manera. "Su manera" puede ser golpear el suelo con el juguete doscientas veces, olvidándose de que es un juguete muy caro del que salen unos conejitos bailando cuando pulsas un interruptor. Pues, bueno, ¡dejémosle experimentar! Y dejémosle que se caiga también, no le va a pasar nada grave si está en el suelo con un entorno cuidado y, además, nos tiene a nosotros cerca.
martes, 8 de noviembre de 2011
PERCENTILES
Ayer fue día de mercadillo en mi pueblo. En uno de los puestos había una mujer vendiendo pantalones de pana para niños. Yo estaba interesada, así que me informé sobre el precio y sobre si tenía diferentes tallas disponibles. Ella me preguntó la edad del niño y, cuando le contesté, me dijo: "Sí, de esa talla tengo, pero seguro que su hijo está grande, ¿verdad? Va a necesitar una talla más". Me quedé sorprendida, porque yo soy una mujer pequeña, bajita, y nada de lo que esa mujer veía podía dar a entender que mi hijo "seguro que está grande".
La verdad es que esa tontería me dio que pensar un rato. Realmente siempre me he fijado en que en las tiendas de ropa de niños todas las madres/ padres/ abuelas/ abuelos comentan a las dependientas que el bebé en cuestión "está muy grande para su edad"; siempre se habla de un bebé "alto y estilizado" o "muy gordito, muy gordito, no sabe usted lo que come" o que "es el más alto de la guardería" o que "tiene 3 meses y, ¡fíjese!, usa la talla 12 meses".
A ver, no soy ninguna experta en estadística, pero hay ciertas nociones básicas que creo que algunos padres deberían conocer:
La curva de peso y talla es una "curva normal" y, por tanto, hay aproximadamente el mismo número de niños por encima de la media que por debajo. La rayita del medio de las curvas de crecimimento que nos dan cuando nacen nuestros hijos, es el percentil 50, la media. Por debajo están los percentiles 25, 10 y 3, y por encima están los percentiles 75, 90 y 97. ¿Qué significa esto? pues que si su bebé está en el percentil 97, el 97% de los bebés de su edad dentro del grupo estudiado son más bajitos o más delgados, según la curva que se mire. Así que muy poquitos bebés estarían dentro de este grupo. Curiosamente, todos ellos viven en mi pueblo.
Os voy a contar un secreto: mi hijo menor nació muy gordito, en el percentil 97, y ahí se mantuvo hasta, aproximadamente, los 7 meses. Ahora ya se ha normalizado, tal y como era de esperar, pero cuando era pequeñín, era una realidad que muy pocos bebés de su edad eran tan gorditos como él. Recuerdo una vez que entré en una tienda a comprarle una camiseta, y al lado había otra mamá con un bebé más pequeño de edad que el mío (mes y medio menos) y, a la vista estaba, más pequeño también de tamaño. A las dos nos gustaba la misma camiseta. Yo cogí la talla 9 meses, que le quedaba incluso un poco holgada a mi hijo, y la mujer de al lado me dijo rauda y veloz, como si fuera un tema de capital importancia: "Yo le voy a coger la de 12 meses, porque mi hijo es taaaaaaaaan grande...La de 9 meses ya ni le entra". Me costó un tremendo esfuerzo conseguir que no me viera reirme. Es totalmente ridículo, ¿verdad?.
Y otra prueba de que en mi pueblo viven todos los niños que se encuentran por encima de la media es que cuando digo que mi hija es "normal" para su edad, las dependientas me miran con sorpresa, y os aseguro que no son imaginaciones mías. Me temo que nadie les ha dicho eso jamás; no sé si debería preocuparme el hecho de que mi hija sea la única niña normal del colegio.
Muchas veces nuestra estupidez, la de los padres, no tiene límite. No es mi intención ofender a nadie, sólo lanzo este tema como reflexión: ¿por qué nuestros hijos siempre tienen que ser los más altos, los más listos o los que se portan mejor? Seamos realistas: eso es imposible. El niño perfecto aún no se ha encontrado y, estadísticamente, es muy poco probable que sea el nuestro ;)
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