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miércoles, 1 de febrero de 2012

SOPORTAR LA FRUSTRACIÓN

   

      Ayer tuve un día de esos en los que un cuerpecito estalla porque no soporta lo que le sucede, la situación que está viviendo, que necesita gritar, llorar e incluso patalear, dar un portazo o cerrar muy fuerte un cajón. Lo que sucedió no era  extremo, simplemente era algo con lo que no contaba y que no me gustó nada, pero nada de nada. Quizás algunas personas de las que me leéis no comprenderéis mi reacción tan exagerada...normal, no todos somos propensos a las rabietas.

      Yo lo soy. Así es mi temperamento, nací así, para desgracia de mis padres y mía. Mi hija también lo es, para desgracia de sus papás y de la enana. Mi base biológica me lleva por el camino de la desgracia temperamental de las rabietas: ayer, hoy y mañana. Pero no es tan gravísimo, se puede vivir con ello, se puede aprender a soportar la frustración (o a manejarla).

      Un niño que está en medio de una rabieta lo pasa mal. Os lo digo yo, que aún tengo recuerdos de algunas de mis rabietas (ya me duraron, ya...). No hablo de un niño que llora con ese llanto fingido que rápidamente reconocemos los padres; hablo de un niño que está devorado por la frustración, con los ojos llenos de lágrimas, la cara desencajada, tirado en el suelo, etc., , vamos, lo que es una rabieta. No es una tontería: nuestro hijo sufre. Tenemos que hacer algo para que aprenda a superar esos momentos, para que aprenda a vivir con la frustración, porque la frustración, aunque no nos guste, forma parte de nuestra vida.

      La frustración puede darse por muchos motivos: quiero jugar a golpear la televisión y no me dejan; quiero chocolate pero me dicen que tengo que esperar a después de comer; tengo sueño pero no quiero dormir; quiero estar con mi mamá pero no puedo; quiero seguir de excedencia pero no me dejan...ups, perdón, se me ha escapado.
Hay cien mil razones para frustrarse en este mundo, y probablemente nuestra felicidad dependa, en buena medida, de la tolerancia que tengamos a la frustración. Una baja tolerancia hará que saltemos a la mínima.

      Para FOMENTAR que nuestros hijos incrementen su TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN es conveniente empezar desde el principio, desde muy pronto, para que sea menos traumático para todos.
Para ello debemos ponerlo en contacto con pequeñas frustraciones, poco a poco, paulatinamente. Si queremos evitarles cualquier mínimo sufrimiento no les enseñaremos a tolerarlos. Propongo, por tanto (y no voy a decir nada nuevo, ni nada que no se sepa):


  • Plantear normas, pocas, pero que el niño las pueda cumplir y que sean adecuadas a su edad. Y esas normas se las dejamos claras al niño, con toda nuestra seguridad y nuestro amor. Por ejemplo:
           - A un bebé de un año no le dejamos acercarse al horno, porque es peligroso para él. Cada vez que se acerca al horno se lo decimos, y no cedemos.
           - A un niño de 3 años le exigimos que recoja sus juguetes después de jugar. Es bueno para él tener su espacio ordenado y aprender a valorar y respetar las cosas que tiene.
  • Darles libertad, aceptando su forma de ser, siempre dentro del respeto hacia esas pequeñas normas que deben cumplir. Por ejemplo: un niño de 2 años muy activo no podemos pretender que esté quietecito y sentado durante tres cuartos de hora mientras esperamos para entrar en el médico; le podemos dejar que se mueva, que se levante, que se tire al suelo con su coche preferido (sí, ¿por qué no?); mientras no grite y no moleste a nadie (que son las normas del centro de salud), podemos estar tranquilos. Quizás a nuestro lado haya un papá con su hijo de la misma edad que el nuestro pero que está sentado, mirando un cuento...y podría estar horas!! pues estupendo: cada niño es diferente, respetemos sus características y no les pidamos lo que no pueden dar.
  • Proporcionarles sus horas de descanso necesarias, así como comprobar que no tienen hambre. Un niño que, de entrada, es propenso a las rabietas, muchas veces está haciendo un verdadero esfuerzo de autocontrol, un esfuerzo por portarse bien, aunque nosotros no nos demos cuenta. Pero si tiene sueño o hambre le va a costar mucho controlarse.
  • No ceder ante las rabietas: no les hacemos ningún favor. Yo de entrada creo que es mejor intentar evitarlas; es decir, desviar la atención: "¡anda! mira lo que están poniendo en la tele". Puede parecer un poco "de blanda", como me han dicho más de una vez: "es que tiene que darse cuenta y aprender que eso no se hace". Bueno, pues no estoy de acuerdo: un niño al que no dejas, por ejemplo, comer un caramelo porque ya casi es la hora de comer y consigues que no lo coma...pues yo creo que sí que se da cuenta. No lo ha comido: ¡tú ganas!, aunque para que lo hiciera le hayas tenido que entretener mirando los coches que pasan por la calle. A mí me parece que llegar a la rabieta debe ser lo último, y que el niño tiene que ver la rabieta como algo raro, no como algo habitual. Pero una vez que se ha llegado a ese punto...pues ya estamos. No se come un caramelo antes de comer (es un ejemplo, ¿eh?, cada uno que se busque el suyo), y punto; y no te voy a dar el caramelo. Es más, no te voy a escuchar hasta que no me hables tranquilamente. Y te lo digo con cariño, y te lo digo poniéndome en tu lugar, que sé que lo estás pasando mal (y que no escuchas nada de lo que te digo, porque estás en plena rabieta, así que todo esto me lo digo a mí misma en silencio); pero yo soy la adulta y sé que esta norma que te estoy poniendo es buena para ti. Cuando te calmes te abrazaré, te hablaré y pasaremos página.

   Y a los adultos cuánta falta nos hace, también, cuando hemos pasado ese momento de frustración plena, que nos den un abrazo, que nos hablen, incluso que se rían con nosotros. Y pasar página...¡cuánto nos gustaría muchas veces!

   
   






martes, 31 de enero de 2012

CON FINAL FELIZ

      No sé cómo acabé yo allí sola, sola, en aquel patio de piedras grandes y antiguas. Estaba hundida, con esa tristeza bella que sólo pueden tener los adultos jóvenes o semi- adolescentes. Me dije a mí misma: "si viene ahora, mientras cuento hasta diez, será porque vamos a vivir nuestra vida juntos". Y apareciste tú, que no estabas solo pero que llegabas sin compañía. Venías sonriendo, sin nervios, sin imaginarte nada de nada, acompañado únicamente de tu simpatía.
Mírate ahora, abrazándome por las mañanas, mirándome con ternura, acompañándome en todos y cada uno de los recorridos.


      En aquella sala había muchas sillas, muchas personas sentadas y una que faltaba. Yo estaba aburrida, no me interesaba lo que veía ni lo que escuchaba. Entraste por la puerta y mi corazón dio un brinco, sin aviso previo; se me iluminó la vida y, de la nada, apareció un pensamiento dirigido a ti: "¿sabes que vas a ser el padre de mis hijos?". Menos mal que no escuchaste aquéllo porque fue tan impertinente que hasta me asustó a mí.
En la puerta hay dos niños esperándote todos los días. A ti te llaman papá y a mí mamá.


      Después, como por magia, todo mejoró hasta el infinito, hasta lo máximo que puede mejorar la vida de una persona. Un día me dijiste: "Y nos iremos descubriendo arrugas nuevas en la cara, pero nos vamos a mirar en los mismos ojos cada día, todos los días..". Sé que no lo recuerdas, tú no eres de ese tipo de persona...pero yo sí, y no lo olvido.







martes, 15 de noviembre de 2011

LA FELICIDAD LO PRIMERO

El metro, otra vez. Al fin consigo sentarme; dedico unos segundos a disfrutar de la placentera sensación de tener mis piernas hormigueantes descansadas y después, cómo no, con cara de ida, de estar pensando en cómo cuadrar las cuentas de mi empresa o en qué hacer de comida mañana, me pongo a observar a los que me rodean.


El ambiente está cargado y vacío al mismo tiempo. Cargado de cansancio, de olores; de gente, por supuesto. Vacío de pensamientos, porque todos estamos un poco dormidos, dejándonos llevar por el sonido de las paradas, de la vocecita que nos habla desde otra dimensión. Es algo placentero, sobre todo para los que hemos conseguido sentarnos.


A mi derecha tengo sentado a un estudiante. Piernas cruzadas encima del asiento, cascos en la oreja (Nirvana, lo puedo distinguir, ¿aún escuchan los veinteañeros esta música?) y la cabeza ladeada, apoyada en la pared. Un hombre de mediana edad está a mi izquierda, con ropa "sport" y maletín en la mano...me pregunto si no será un profesor; sus ojos están abiertos a más no poder, pero con la mirada perdida y soñolienta. Enfrente dos parejas bien diferentes. Una pareja de estudiantes, (y ya van tres!, todos se bajarán en Ciudad Universitaria, por supuesto) con las manos entrelazadas y la cabeza de ella apoyada en el hombro de él: me traen recuerdos agradables de otra época y no puedo dejar de sonreir. La otra pareja no para de hablar entre susurros, aunque no entiendo nada, hablan alemán, creo; están de pie frente al plano de colorines del metro, ilusionados y señalando con el dedo recorridos: turistas, supongo. Hay mucha más gente, por supuesto, pero unos me tapan a los otros, imposible observar bien.


Se abre la puerta lateral y aparece un hombre con un viejo acordeón. La masa humana se mueve, como un líquido que está acogiendo a un sólido. El hombre, anciano y desaliñado, nos habla con voz monótona, pero ninguno le escuchamos; es triste, yo tampoco le escucho, a pesar de que le estoy observando. Pero empieza a tocar y todo cambia. Es una canción de amor nostálgico, de ésas que conocemos de toda la vida y que nos traen un montón de recuerdos y de lágrimas a los ojos. Me emociono, y no quiero que llegue mi parada. El joven de mi derecha se quita los cascos de las orejas, el hombre de mi izquierda no se mueve, pero de una forma llamativa, es ese no moverse del que escucha con el corazón. La parejita de estudiantes se coge más fuerte de la mano, y los turistas se callan. Somos una comunidad unida por una canción, puede haber un terremoto que nos sepulte y nos aisle durante años, porque ahora mismo somos un grupo humano unido, disfrutando de un momento único a la vez.


Disfruto de este momento con plenitud, es un pedacito de felicidad, lo sé.

La vida consiste en ir recopilando pedacitos de felicidad, y eso es lo que quiero transmitir a mis hijos. No quiero que se piensen que el objetivo de la vida es tener un coche más grande o una casa con más habitaciones. No. Cada uno tiene que encontrar su camino, a ser posible alejándose de lo que esta sociedad, en la que somos tan infelices, nos marca. Y, sobre todo, quiero que aprendan a reconocer y disfrutar los momentos, pequeñitos y sencillos, de felicidad plena.

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